Solo quedamos los buenos

“Esas manos, tan puras como el coral”, dice la canción. Como biólogo dudo de la pureza del coral, y como niño confío en la pureza de las manos. Al igual que la belleza está en los ojos del que mira, la pureza dormita básicamente en  la naturaleza de lo acariciado y, sobre todo, de la caricia. Sigo obstinado, creyendo en la inocencia innata de las manos, uno de los pocos actos de fe en cuanto a optimismo radical al que me abandono. Con facilidad me pierdo en unos ojos y entre unas manos que no hacen más que confirmar mis absurdas teorías. No necesito más. Mi microcosmos, mis normas. “Cada uno es ortodoxo con respecto a sí mismo”, decía John Locke.

Corazón de niño

Por desgracia sé lo que es tener responsabilidades, una carrera no se termina por gracia de Zeus. También me interesan la actualidad, la política, y la economía. Pero de cualquiera de las maneras, me niego en rotundo a dejar de ser, en el fondo, un niño. Empezaré a preocuparme el día que un crío me mire y no tenga paciencia (e impaciencia) para esperar a que su madre mire hacia otro lado y sacarle la lengua. Cuando, montado en la bici, no salte los escalones como si en vez de tales fueran acantilados sin fondo. Cuando a mis ojos un perro sea una molestia y no un compañero con el que jugar revolcado en el suelo, me temo que poca cosa merecerá la pena.

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Dentro del laberinto

Tal día como hoy, celebraríamos el 75 cumpleaños de Jim Henson, si este aún viviera. Marionetista sin igual, fue el padre de los teleñecos y artífice también de una de las películas de mi infancia. Aún me siento como un crío cuando veo a Jareth, Rey de los Goblins, interpretado por David Bowie. Mágico, seductor, andrógino, extraño. Recuerdo que de niño me preguntaba por qué no podía odiarlo, siendo el malo. ¿Tan malo?

Jim Henson (1989). Fallecería en 1990.

David Bowie como el Rey de los Goblins (1986)

 

Grande, Henson. Grande.

La escala de Re menor o por qué adoro la música de Castlevania (entre otras)

No somos pocos los que a veces disfrutamos más de las soundtracks que de los propios juegos. Cuestión fácil, por otra parte, si la banda sonora tiene la calidad que habitualmente atesoran cada una de las numerosas entregas de esta saga. Tras estas obras, una camaleónica y todoterreno Michuru Yamane que igual se saca de la manga un temita coral, y con la misma facilidad te compone un blues, para luego reventarte los tímpanos con unos riffs metaleros de Drácula y muy señor mío.

Toquecillos de blues. Castlevania: Symphony of the Night (1997)

Portada del Castlevania: Symphony of the Night (1997). PSX.

Considerando la ingente cantidad de buena música de la que presume esta veterana saga, es mejor focalizar. En ésas, vamos a hablar de esas canciones de aires tristes, lóbregos, sin dejar de ser poderosas. Como el propio Alucard, como ese Drácula que nunca muere del todo. Hablemos de esos temas que tan bien se llevan con una guitarra eléctrica y con un castillo invertido. Hablemos, en definitiva, de la escala de Re menor.

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