“Esas manos, tan puras como el coral”, dice la canción. Como biólogo dudo de la pureza del coral, y como niño confío en la pureza de las manos. Al igual que la belleza está en los ojos del que mira, la pureza dormita básicamente en la naturaleza de lo acariciado y, sobre todo, de la caricia. Sigo obstinado, creyendo en la inocencia innata de las manos, uno de los pocos actos de fe en cuanto a optimismo radical al que me abandono. Con facilidad me pierdo en unos ojos y entre unas manos que no hacen más que confirmar mis absurdas teorías. No necesito más. Mi microcosmos, mis normas. “Cada uno es ortodoxo con respecto a sí mismo”, decía John Locke.


