
“No queda sino batirnos”. Así terciaba Quevedo junto al capitán de mirada glauca, en uno de los tantos lances que juntos protagonizaran a lo largo y ancho de una España pasada. En parte ficticia, sí, pero tremendamente real. La serie aventurera de Arturo Pérez-Reverte encierra entre sus páginas la visión del que ha terminado por llamarse Siglo de Oro, a saber por qué. A tenor de los exabruptos que el citado escritor protagoniza con puntualidad británica, el discurso del Capitán Alatriste no es más que un reflejo de lo que, en la mirada del escritor, nuestro país sigue siendo. Prácticamente lo mismo que fue. No en vano, lo que define a un país, por encima de su periodo histórico, es su pueblo. Sus gentes. Sin embargo, la amargura que Reverte destila en cada tomo de las desventuras de Alatriste siempre halla una vía de escape en una característica que, a su juicio, define a un pueblo orgulloso y plagado de taras como el nuestro. Entre los muchos defectos del español de a pie, Reverte hace excepción para una notable virtud: el valor.



