Revisionamos: Super Mario Sunshine

A vueltas con el Wiimote

Sucede que uno con los años va perdiendo ciertas manías (o adquiriendo otras, según se mire), y resulta que a estas alturas ya no me abandono a la “majia” de Nintendo con la misma facilidad. Cierto, en mala hora lo digo teniendo en cuenta que a día de hoy los escasos minutos que le dedico a los videojuegos los está acaparando esa Wii de la que tanto he renegado. Sin ir más lejos, hoy ha sido el turno de uno de esos días de asueto pikmin, y mientras volaba de galaxia en galaxia multicolor envuelto en pedazos de estrella, me he parado a pensar en la evolución de ese incombustible fontanero que igual te conduce un kart, como le pega al golf, al tenis o a la cabeza de algún desdichado koopa.

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La verdad oculta tras Super Mario Bros. 2

Mario lleva más de 25 años en la cresta de la ola, que se dice pronto. Ha llovido desde entonces, y sin embargo desde sus primeros goombas ochobiteros pisoteados hasta el más bizarro y psicotrópico viaje en Super Mario Galaxy, ha cautivado a generaciones de jugadores en base a su simplicidad (que no sencillez) y el carisma Nintendo que desprende. Centrándonos en el origen de la saga, el éxito y la repercusión obtenidos no fueron casuales, pues entre otros factores el tiempo que lo vio nacer fue aquel en el que las consolas domésticas experimentaron su verdadera expansión y auge, con la Nintendo Entertainment System, entre otras. Super Mario Bros. (1985) es un estupendo plataformas, y ante todo, un videojuego redondo. Con una dificultad bastante elevada, el argumento es prácticamente inexistente, pero la jugabilidad de clásico instantáneo de la que hace gala no requiere de nada más, habiendo pasado a la historia como una auténtica forma de entender los videojuegos. No en vano hoy no vamos a hablar de esta pequeña obra de arte, sino de una curiosa historia que se esconde tras el espíritu bastardo de su secuela.

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